Mostrando entradas con la etiqueta Cuentos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Cuentos. Mostrar todas las entradas

viernes, 14 de agosto de 2015

René (entre entes) en el tren

"Sí, son unos psicópatas, pero tal vez 
yo también quiera adherirme al gremio."
Frederic Lungwitz - Lo insoportable de ser

  El subte te da la cálida bienvenida de cientos de personas apretadas, ajustadas bajo presión a un micro-hábitat pseudoasiático.

  Subí ayudado, y perjudicado, por el empuje de alguien más (¿Habrá algún gerundio para ésta dicotomía?) quedando contra la pared del fondo forrada de cuerpos humanos.
  Recorriendo estos pensamientos, sentí la presencia de alguien atrás, que se removía acomodando sus posesiones; este removerse provocaba un roce homogéneo y constante con mi cola.
  Luego un cosquilleo (¿Tanto demoraba la cosa?). El subte había arrancado hace rato, aunque eso creo ahora, porque estaba ocupado en darme cuenta de que no era un toque accidental. La mano se movía más y más y cada vez más abierta y cada vez más dedos; no era una mano, eran dos.
  Ante mi pasividad una de las manos intentó bajar (espero levemente) mi pantalón, demasiado ajustado para eso. Desistió rápidamente y, buscando otra alternativa de avance, comienzó a subir bajo mi ropa, acariciando mi costado desnudo para ella, oculto para el resto.
  Esta sensación nueva, genuina, despierta mis extremidades dormidas, cuyas manos repelen a las otras dos, alejándolas de mi cuerpo.
  Una de esas manos intenta tomar la mía hasta que descubre mis intenciones; movido por un impulso humano, atravieso un cúmulo de personas y me resguardo. A salvo, los miro en un silencioso asombro de sus disociaciones de cara de subte y manos de hotel.
  Bajo del subte; ellos bajan.
  Temo (¿o deseo?) una persecución: no sucede.

  Ya fuera de la estación, sigo sintiendo el contacto físico de esas manos grandes y curtidas.
  A veces me pregunto por qué no me dejé tocar un poco más... 

  Supongo que bajo el nuevo dogma no estaría bien visto.


miércoles, 20 de mayo de 2015

Madres privadas

madres mancas por celular
a sus hijos dan abrazos de una sola mano
quedan tuertos de sentimientos
sus dedos se queman
con el acero
de una olla ciega de compasión

madres invidentes
por teléfonos cereblares
tienen que tocar a sus hijos
pero siempre se olvidan
y sus hijos solo aprenden
a mirar con los genitales

madres mudas de cuentos
dan las buenas noches
oscurecen cuartos de niños despiertos
que ya no pueden pesadillar
sueños castrados
y camas secas

madres rengas de avioncitos
madres afónicas de Mambrú
madres paralíticas de mancha
madres mancas por celular
sin upa, sin hamaca

lunes, 23 de marzo de 2015

Escalada en Escalada

Pasaste por Pavón, y no viste ni a los viejos arrancando los jardines de los cordones de la vereda.

Subida al colectivo no miraste a los pibes de la plaza volando boca abajo en sus bicicletas de enanos.

Justo te llegaba un Whatsapp y no viste la fábrica con sus faroles de ladrillos desnudos, paradigma tercermundista que no daña.

Se quedó el cincuenta y uno a medio camino y no te quedó otra que ver un cielo abierto de edificios extinguidos. Y ya no te volvés más, porque entre cielos deshabitados y viejos mañosos, Escalada es patrimonio internacional del silencio.

Te llega otro mensaje, y no viste ése farol que alumbra poco y llora en exceso a los empleados que salen a trabajar en mameluco.

viernes, 23 de enero de 2015

Haciendo tiempo

  Destapo la gaseosa y la pajita se me ofrece voluntariosa gracias a la ley de flotación de Arquímedes (qué manera de empezar un relato, papá). Tomo, toso (el gas siempre me hace toser), sigo tomando, enciendo un cigarrillo con dificultad; con una misma mano sostengo la botella y el cigarrillo con la otra el encendedor. La botella se me escapa, arqueo la espalda para sostenerla con la pelvis. Acciono el encendedor y el tabaco enciende al tercer intento (la brisa no siempre es agradable), pero la botella se me cae, la levanto.
  Doy una pitada. Otra.
  Vuelvo a destapar la gaseosa y para eso me pongo el cigarrillo en la boca (humo en los ojos), se me vuelve a ofrecer la pajita (¿Arquímedes era?). La sostengo con un dedo contra la boca de la botella y me saco el cigarrillo de la boca (mía). Sorbo con un gesto algo desagradable: el gusto a cigarrillo se mezcla con la bebida. La tapo, más humo en los ojos, pero ya está.
  Miro a un lado y al otro en busca del origen de una risa (¿se mofarán de mí?). No entendí de qué hablaban, seguro no de mí. Creo.
  Aparece mi novia, la beso (o ella me besa a mí, también es válido): "Qué olor a cigarrillo...", "¿Querés pomelo?", "No gracias".
  Empezamos a caminar, tiro el pucho adelante para pisarlo, el viento me gambetea, me paro, vuelvo para pisarlo, la chica no me espera, troto, la alcanzo.

-¿A dónde vamos?
-Hoy estoy medio cansado...

martes, 30 de diciembre de 2014

Siesta

  Dormitaba- pero sin (en ningún momento) dormirse, con sus brazos rodeando sus rodillas, y a su vez, su cabeza reposando sobre éstas, con los parpados semiabiertos, semicerrados, pelo en la cara- en una caja.
  Unos pasos- de pies pesados, con garras que se escuchan al moverse, con plumas que tiemblan al desplazarse- se acercan a él.
-¿Qué haces- pregunta con un graznido, que intentaba ser leve, pero que a veces hiere igual, siendo más regaño que incertidumbre- en esa caja?
-Los gatos- dice, con voz tenue, el cuestionado, el felino, sin cambiar de expresión, igual de adormecido- preferimos las cajas para dormir.
  El hombre-cuervo- mitad conmovido, mitad enojado (pero falsamente, haciéndolo notar, sin que ello le moleste), colocando dos manos en sus rodillas para la acción, con un ligero esfuerzo de adormecido- se pone en cuclillas para mirarlo a los ojos.
-¿Y eso – interroga el plumífero, garrado, garrido, dudando, sin moverse casi (al igual que el otro, congelando la imagen por momentos)- por qué?

- Porque nosotros no necesitamos de una superficie cómoda para estarlo, y eso las cajas lo saben.

El hormiguero

Su mirada se perdía en el cielorraso corroído por la humedad de la casa, la humedad de Algunviento.
 Una pluma negra, como de cuervo se desprende de su áspera piel. La brisa decide llevársela volando hasta la boca de alguien en el suelo, alguien que prefiere el frío del suelo antes que el caluroso contacto de las sábanas.
-Te vas a desplumar entero antes que llegue el otoño.
El silencio le respondió. sabía que lo escuchaba y aún así, callaba.
-¿Sabés? Si esta misma pluma viene a mí en la calle, yo me la saco de encima y sigo caminando.- dejó un espacio de silencio para ver si el comentario generaba algún tipo de respuesta en el cuervo-humano.- Pero el que sea tuya cambia las cosas. Lo mismo pasa con los cigarrillos y los caramelos; son todos exactamente iguales: uno los puede perder y al comprar el siguiente paquete lo olvida.
 Un ventilador oscila en alguna otra pieza y la luz lentamente comienza a bajar, delatada por unos finos hilos de luz que entran por la ventana y comienzan a subir.
-En ese sentido compadezco a las hormigas; cualquiera de ellas es perfectamente reemplazable, cuando entran al hormiguero es imposible saber si vuelven a salir; no se las puede distinguir del resto ni ponerles correa para diferenciarlas...
 Su voz se trabó como queriendo seguir argumentando, pero las palabras ya se le habían agotado. Calló, agarró la pluma con dos dedos de su mano izquierda y comenzó a deslizarla suavemente por su propia boca. De repente, de la cama se escucha una voz:
-Hasta que encontrás a una que se llama Funes.
-Gracias.

lunes, 23 de diciembre de 2013

Mr. Sky mira al cielo

  Mr. Sky mira al cielo pensativamente, sabiendo que probablemente iba a tener que responder ese test. “No se si el test funciona o no, pero de los ocho operarios a los que se lo han realizado, todos han huido”.
  No puede quitarse la imagen del investigador, que anula toda su motivación. Está melancólico: ¿Qué le diría? ¿Por qué habían huido los demás operarios?
  Termina su turno y deja lo que está haciendo. Nunca le gustó demasiado  su trabajo, era muy sucio y arriesgado. Se dirigió lentamente a la cafetería sumergido en sus pensamientos. No tenía noción de lo que lo rodeaba, la preocupación era tal que no le daba margen de réplica.
*   *  *
  El hombre camina por el patio de la fábrica con toda la vestimenta típica de un investigador; no le molestaba que lo reconocieran en sus horas de trabajo.
  Algo le turba la mirada: “a este paso jamás conseguiré los resultados a tiempo” piensa. No se podía explicar semejante pánico por parte de los operarios. “No hay nada inaudito en estas preguntas.” Recuerda las fotografías de las personas a las que debía entrevistar “Miradas completamente normales.”
  Saca de un bolsillo un cigarrillo y un encendedor. Luego de varios intentos, enciende el cigarrillo y continúa la marcha. “Lo mejor será que al próximo le haga el test en alguna celda o habitación cerrada. Sí, eso tiene que ser lo mejor”. El investigador mordisquea el filtro del cigarrillo “Voy a hablar con el director”.
*   *   *
  Mr. Sky pensativo.
  Mr. Sky frente a un café.
  Mr. Sky mira su café y sumerge los pensamientos en el líquido marrón; “A lo mejor cundió el pánico cuando en realidad de ningún peligro se trate”.
 Mr. Sky sorbe su café.
  Mr. Sky se quema con su café. “lo mejor será hablarlo directamente con el director.” No se molesta en terminar su bebida y la abandona sobre la mesa de la cafetería. Con paso decidido toma el pasillo exterior, mira el cielo una vez más, y cuando se disfonía a doblar un codo de la fábrica choca contra otra persona.
-Lo lamento- se adelanta Mr. Sky antes de saber quién era su receptor.
-No es nada- responde el investigador.
  Con nerviosismo Mr. Sky lo reconoce y duda entre correr en dirección al despacho de su jefe o hacia la salida de la empresa.
  Descubriendo el temor en la mirada de Mr. Sky, el investigador lo retiene:
-¡No se vaya!
*  *  *
  El investigador camina por la fábrica extrañado de la repentina soledad de las áreas de trabajo “¡Ah! debe ser el horario de receso”. Se entretiene pateando una piedra en el camino al despacho del director. Saca un papel con la lista de personas a entrevistar “gentes de lo más común” piensa; aún se niega a entender cómo pudieron todos haber huido.
  Dobla un codo de la fábrica y cuando se para a buscar la puerta a la que debía dirigirse, siente cómo alguien lo empuja desde atrás.
-Perdón- escucha.
 Al voltearse recuerda en el operario un rostro que debía investigar. “De lo más corriente” piensa. Viendo en su cara miedo, teme que escape:
-¡No se vaya!
  El operario da media vuelta y corre por el pasillo. Intenta alcanzarlo pero éste corre más rápido y pronto lo deja atrás. “Me despedirán”. En un acceso de desesperación grita:
-¡Atrapen a ese hombre!
  De una habitación al oír los ruidos abren una puerta. El operador no llega esquivarla y su frente da de lleno con el borde metálico. “esto es peor de lo que imaginé, no solo escapan ocho, si no que uno también va al hospital.”
*  *  *
  Mr. Sky corre por el pasillo en dirección a la salida. Escucha que el investigador intenta detenerlo pero ni piensa en detenerse.
  En una fracción de segundo en que no llega a reaccionar ve frente a él una puerta abriéndose.
 “A lo mejor se esparció un temor infundido”.
  Pero era demasiado tarde y ya se encontraba en el suelo manado sangre de la cabeza y dirigiendo una última mirada al cielo.
  Luego la nada.

  Mr. Sky se encuentra en una habitación de cortinas blancas.
  Mr. Sky mira la habitación en la que se encuentra: las paredes son blancas.
  Mr. Sky se libera de los últimos rastros del sueño, junto con las sábanas blancas en un ademán.
“Maldigo el día en que ese investigador llegó a la fábrica. Lo más probable sea que me esté esperando fuera.”
  Intentando ser lo más silencioso posible, busca alguien dentro de la sala, o un botón de esos que había visto en las películas con que se llama a los doctores y enfermeros.
  Como nada de eso encontró, prefirió esperar en silencio antes que verse atosigado por el extraño de las preguntas.
*    *   *
  Informe:
  Del total de 10 (diez) trabajadores de la fábrica “Gonzales e hijos” a los que debía realizar un test, 8 (ocho)  se encuentran desaparecidos, 1 (uno) fue mandada al hospital provocando la cancelación de las tareas y, por lo tanto, de la indagación al restante.
Comentario personal:
  Aún no logro entender que provocó los incidentes ni por qué se habrán negado los operarios a tan simples preguntas.
  Después de todo, no es algo de esperarse de personas tan mundanas, y esos rostros eran demasiado usuales como para horrorizarse por algo.
  El investigador imprime la hoja que acaba de escribir, enciende un cigarrillo y obliga con la mirada a que la impresora trabaje más rápido.
  Cuando la hoja sale, la toma y sale de su despacho.
-Con las cosas que uno encontraría en cualquier despacho- siempre se excusaba.
  Recorre pasillos, abre puertas, baja escaleras hasta que por fin da con la oficina de su superior.
  Confiado de que a esa hora todavía no se retomaba el trabajo en el edificio. Entra sin tocar la puerta, sólo para encontrarse a su superior leyendo el diario con un plato de ravioles delante y un tenedor en la mano.
-Adelante, adelante- dice el director irónicamente.
-Discúlpeme usted, pensé que no estaría aún y venía a dejarle un pequeño informe de la situación de ese temita que estamos tratando.
-¡Ah, sí! ¿Cómo va eso?
-No muy bien,  señor: ocho operarios (todos con un aspecto de lo más estándar), asombrosamente escaparon y uno se encuentra en el hospital. A éste pienso ir a visitarlo mientras se encuentre allí.
-Muy bien, muy bien, no pierda tiempo. Vaya ahora mismo.
-Sí, señor.
  Adelanta el pie izquierdo y la mano derecha para estrechársela. El director suelta el tenedor y se la tiende. Dando media vuelta, el investigador abandona la habitación y se dirige al hospital.
   Al llegar lo atiende una recepcionista muy joven que se notaba aburrida:
-¿Que desea señor?
-Necesito ver a Melomeran Sky.
La recepcionista le pide que repita el nombre y él se lo deletrea. Luego de varios inconvenientes (el investigador no se decidió si la recepcionista era medio sorda o lo molestaba por puro aburrimiento), le dijo el número de habitación y le rogó que guardara silencio en los pasillos.
  Mirando hacia los lados con la sensación de que estaba haciendo algo incorrecto, le investigador entra a la habitación (de paredes, cortinas y sábanas blancas) donde encuentra a Mr. Sky.
-Señor Sky, ¿Cómo se encuentra?- pregunta el investigador fingiendo preocupación.- Debo hacerle unas preguntas. Será cuestión de unos minutos.-
-¿No ve que necesito reposar?- el color comienza a subirle a la cara por la ira.- ¿No ve que estoy acá por su culpa?
-Te entiendo perfectamente, Melomeran (espero que no te moleste si te tuteo). Pero este asunto es de verdadera urgencia y sos el único operario cuyo paradero conozco realmente.
-Señor…
-Rodrigo, llamame Rodrigo.- Se apuró a completar el investigador
-Señor Rodrigo. ¿No podría esperar hasta mañana para hacerme ese bendito test?
-Por supuesto que no.- Rodrigo toma asiento.- no me voy a mover hasta que no respondas estas preguntas.
  El investigador sintió como poco a poco iba acorralando a su víctima. “Alguien tan ordinario como encontrar pelo en la cabeza.”
-Al menos déjeme ir al baño.
-Te espero.
*  *  *
  A los minutos, un médico entra la sala de espera y, sin decir palabra, le sujeta con una mano el mentón y con una pequeña linterna va de un ojo al otro del paciente. Suelta la linterna sobre una mesa próxima, vuelve hasta la cama y comienza a sacarle el vendaje que tiene en la frente.
  Mr. Sky hasta ese momento no se había percatado del vendaje en su frente, y mirando al cielo por la ventana de la sala, pregunta:
-¿Es muy grave doctor?
-Nada que deje marca.- El doctor echa una risita- hoy a la noche le hacemos unas placas y mañana al mediodía usted está en su casa.
  El médico había terminado de sacar el vendaje y estaba colocando uno nuevo.
-¿Le puedo pedir un favor? – Pregunta nervioso Mr. Sky.
-Dígame
-¿Puede fijarse si en el pasillo se encuentra una persona con un sobretodo de cuero y un sombrero de copa negro?
  El doctor pasa un dedo sobre la cinta esterilizada que acaba de colocar, y se dirige a la puerta. Abre, mira hacia un lado, el otro, y la cierra.
-Dos ancianos y una embarazada, nadie amenazante.- El médico parecía haber tenido un buen día.- ¿Se puede saber por qué?
-Esta persona que le describí.- La voz de Mr. Sky había tomado un tono de confidencia.- Está buscándome y quiere hacerme algo malo.
  “Quizás, verdaderamente no sea para tanto” pensó. “Aunque más vale sacármelo de encima.”
-No se preocupe. Nadie entra acá sin mi autorización.
-Muchísimas gracias.
  El doctor da una palmadita en la espalda a su paciente y sale de la habitación.
  “Por fin solo otra vez.” Mr. Sky junta sus manos sobre su pecho y piensa en que haría al día siguiente. “Lo más seguro sea buscar un empleo tranquilo, por menos dinero que me ofrezcan.” Mientras meditaba el asunto, otra persona abre la puerta y entra a la sala: era el investigador.
-Señor Sky, ¿Cómo se encuentra?- pregunta el investigador preocupado.- Debo hacerle unas preguntas. Será cuestión de unos minutos.-
-¿No ve que necesito reposar?- Mr. Sky comienza a enojarse y el color le sube a la cara.- ¿No ve que estoy acá por su culpa?
Mr. Sky sigue con la cara roja, pero ahora a causa de la vergüenza que le causo su último comentario.
-Te entiendo perfectamente, Melomeran (espero que no te moleste si te tuteo). Pero este asunto es de verdadera urgencia y sos el único operario cuyo paradero conozco realmente.
-Señor….- Duda Mr. Sky
-Rodrigo, llamame Rodrigo.- Se apuró a completar el investigador
-Señor Rodrigo. ¿No podría esperar hasta mañana para hacerme ese bendito test?
-Por supuesto que no.- Rodrigo toma asiento.- no me voy a mover hasta que no respondas estas preguntas.
  Mr. Sky se volvió a sentir acorralado otra vez frente a ese investigador. Tenía que hacer tiempo a que regresara el médico.
-Al menos déjeme ir al baño.
-Te espero.
  Ya dentro del baño  aprovechó para orinar, lavarse las manos, cara, cuello y, cuando se estaba pasando una toalla (blanca también) por la cara, escuchó al otro lado de la puerta:
-¿Nosotros nos conocemos?
-¿Quién lo dejó pasar acá?
  Era la voz del médico. Mr. Sky sintió un profundo alivio.
-La recepcionista… Y es el horario de visita…- La voz del investigador sonaba nerviosa.
-Hágame el favor de retirarse, el paciente necesita descansar. Mañana por la mañana ya estará en su casa.
-¿Mañana?
  El silencio que siguió a continuación dio a entender que el médico se lamentó por hablar de más.
-Sí, mañana… Y ahora hágame el favor de salir de mi vista.
 Se escuchó una puerta al abrirse y luego al cerrarse. “Ya pasó”. Mr. Sky sale del baño y se encuentra con la habitación vacía. “Habrán salido juntos.”
*  *  *
  El investigador espera a Mr. Sky, cuando un médico repentinamente entra a la sala. Su mirada parecía reconocerlo de algún lugar.
-¿Nosotros nos conocemos?
-¿Quién lo dejó pasar acá?
 Al doctor parece no importarle lo que el investigador tenga para decirle, por lo que intentó excusarse:
-La recepcionista… Y es el horario de visita…- Se está poniendo nervioso.
-Hágame el favor de retirarse, el paciente necesita descansar. Mañana por la mañana ya estará en su casa.
-¿Mañana?
   La perspectiva de que podría obtener su dirección e ir al otro día directamente a su casa (seguramente de lo más típica) lo puso contento. El médico parece darse cuenta y su cara lo hace notar.
-Sí, mañana… Y ahora hágame el favor de salir de mi vista.
  Tomando el picaporte y abriendo la puerta, el médico lo invita a salir. El investigador sale y el doctor cierra tras de sí.
  Fuera del hospital enciende un cigarrillo “no va a quedar otra alternativa más que esperar hasta mañana.

  Sabiendo que Melomeran probablemente no le abriese si él tocase timbre, el investigador se sienta en las escalinatas de una casa al otro lado de la calle, vestido de civil.
  Pasan las horas y nadie entra o sale de la casa. “Puede que aún no haya salido del hospital. Aunque no creo, no se lo veía grave a Mr. Sky.” Enciende un cigarrillo, se levanta de la escalinata y dobla en la primera calle para tomar el colectivo.
  “Gentes de lo más normal”
*  *  *
  Mr. Sky en un asiento, en un avión.
  Mr. Sky acomoda un bolso bajo sus pies.
  Mr. Sky mira al cielo pensativamente, sabiendo que probablemente no volvería a su ciudad natal.
 

 



jueves, 6 de junio de 2013

Ostinato

  El sonido de un mouse cliqueando incesantemente; dos clics - pausa- dos clics- pausa...-
  Día nublado, aunque no por eso una excepción. La resolana se atenúa por gruesas cortinas sintéticas que cuelgan hasta casi rozar el suelo.
  Ningún otro ruido, ningún otro sonido; tan solo los dos clics y la pausa y los dos clics y la pausa que se repiten infinitamente.
  Un adulto- o un niño, dependiendo el siglo en que esto esté leido- de ojos irritados y boca abierta. Tiene la mirada fija en un monitor. Dentro de él una ventana con las tres opciones: "Piedra", "Papel" y "Tijeras".
  El cursor se mueve hasta la opción "Tijeras". Automaticamente el programa lanza una respuesta al azar: "Tijeras". Y luego otro cartel "Empate: ¿Desea volver a jugar?".
  El cursor se mueve hasta el "sí".
  Dos clics - pausa- dos clics- pausa...-
  Quizás siga hasta la hora de la comida.
  Y si bien es imposible escribir más de una frase a la vez, durante todo momento del relato se deberá imaginar los dos clics y las pausas, y aún cuando dé vuelta la página de este libro, lo cierre, o esté trabajando en su propia rutina.

jueves, 21 de marzo de 2013

Escena en blanco


  Me gustaría decir que mi madre murió al darme a luz, y que mi padre no me crió, que me dejo a merced de la vida mientras el nadaba en llanto y alcohol.
  Me gustaría decir que mis hermanos abusaban de mí, me violaban, que de chica era gorda y nadie se me acercaba en el colegio, que escapaba llorando de las clases.
  Diría: "¡Ustedes no saben lo que es vivir mi vida, ponerse en mi lugar!". Podría alegar: "Nadie acá conoce el frío de las calles cuando te tenés que levantar temprano a hurgar en la basura." o "Alguna vez quise tener un amigo..."
   Nada de eso pasó y tengo ante mí muertes de las que me hago responsable. Por eso ahora, aún con el arma caliente en mis manos, no encuentro justificativo para lo que hice.

lunes, 18 de marzo de 2013

Anhelo


  Pido perdón, ante todo, por esta terrible pérdida de tiempo. Usted quizás ni siquiera se lo plantee, lo estime, lo vea necesario.
  Tampoco me tema, nuestra raza no es tan hostil como se hace ver en leyendas, simplemente tenemos hambre. Pero en mi caso hay otra cosa que me incomoda,que me deja inquieto. Cada vez que voy a buscar una víctima a su hogar, y después de vaciarla por completo, suelo encontrarme frente a un espejo. ¡Criaturas ególatras! sus cadáveres sangrantes lucen perfectos en el reflejo del aluminio, mientras que yo, aún sosteniendo sus cuerpos, veo sus figuras suspendidas.
  ¡Nunca podré conocer algo tan simple y cercano como yo mismo! Recuerdo a mi padre, a mi madre, y reconstruyo mi imagen a través de ellos. Paso horas tocándome el rostro, preguntando por los detalles en mi piel, buscando alguna sombra en el reflejo de mi copa.
  Una de mis últimas vícitimas fue una niña pecosa... ¿Tendré pecas? Su mirada de narcótica muerte me embelesó.
  Al instante me produjo ira; comencé a rasgar la delicada imagen, el pecoso rostro refractario que no tardó en descascararse dejando florecer la sangre de sus pómulos.
  Un charco de sangre inundó el suelo; persiana baja, encendí las luces. En el rojo fluido vi el reflejo de un ventilador de techo, un avión de papel y las mohosas paredes del rincón. Me acerqué hasta que mi nariz casi rozó el líquido, cada vez más opaco que empezaba a coagularse. Sólo se que mis ojos se vuelven más oscuros cuando lloro, o al menos eso dicen de mí.

  A veces siento el impulso de desollarme el rostro, pero al instante caigo en que solo podría ver una capa deformada de lo que ya no sería.

viernes, 11 de enero de 2013

Descanso

Se sorprendió despertándose con los ojos desorbitados que observaban los surcos del cielo raso.
  Manchas de hongos que plagaban las esquinas del techo, a través de infinitas grietas que dejaban pasar agua de lluvia. La persiana estaba levantada, pero no podía guiarse por la luz del sol, ya que estaba demasiado nublado como para adivinar hace cuanto tiempo dormía. Tampoco tenía reloj, hacía mucho había tomado la decisión de dormir lo que necesitara, y no comenzar a hacer cálculos de horas dormidas y tiempos de siesta y madrugadas de insomnio.
  Percibía sus sábanas, desteñidas de usar tanta lavandina, con una agujero a los pies, que

  Se volvieron a despegar sus parpados en una oscuridad absoluta.
  No podía imaginarse como estaba acostado; apenas podía percibir la diferencia entre estar dormido y despierto, en una oscuridad que iluminaría la estrella más lejana.
  Sin embargo hadas blancas se paseaban frente a sus ojos, de algún recuerdo de cristales limpíos. Cada vez los dibujos se multiplican y, en algún momento, se transformaron lentamente en sueños.

Sus ojos dejaron, de a poco, que la luz entrara.
  Recostado boca arriba, con apenas fuerza para girar la cabeza. Vio los rayos de sol  que atravesaban la persiana baja e imprimían su imagen del lado donde él se encontraba. Vio la pared, con sus líneas amarillentas de luminosidad y quiso levantar una mano para tocarla. La luz se iba...

  Sintió estar despierto, pero no abrió los ojos.
  Simplemente tenía tanto sueño que le bastó con saber que aún se encontraba en su casa, entre sus paredes. Que todavía algún auto se destrozaba en los adoquines, y que por sus párpados aún corría sangre.

  Miró su habitación a través de un ojo.
  Todo se veía acomodado; se había prometido ordenarla la última vez que se acostó en su cama. La persiana estaba baja otra vez y una luz blanca casi muerta...

  Despertó.

  Sintió.

  Escuchó.

  Vislumbró.

  Miró.

  El ruido de alguna bomba lo sobresaltó e hizo que se incorporara de un salto; había dormido miles de años
olvidando el poder que le había dado al hombre.



domingo, 29 de julio de 2012

Ferretería

  Un negocio vacío. Su frente: de cristales con empapelados con propagandas ya descoloridas por el hurto del sol. La persiana no baja completamente, los mecanismos averiados por el contínuo desgaste y la falta de aceite la dejaron imperturbable a mitad de camino. El único sistema de seguridad que permite que no saqueen el lugar, es la absoluta falta de mantenimiento de los materias: tuercas, clavos, tornillos y demás; estaban corroídos hasta su centro: En el fondo de algunas cajas -aún sin guardar- las goteras habían formado lagunas de óxido. El auricular de un teléfono sobre la mesada, cuelga cual ahorcado podrido y olvidado en la cuna de su muerte.
  La puerta -también de vidrio- que da a la calle, no tiene el cerrojo puesto. Y ante esta sorpresa surge la pregunta de por qué a nadie se le habrá ocurrido nunca -tal vez por mera diversión- el intentar abrir la puerta. Y es aquí cuando usted, querido lector, cae en el hecho de que le mentí al comenzar el relato, ya que el sitio posee, además, otro sistema de seguridad; la ciudad está completamente desierta desde aquél incidente.

Gato blanco

  Me fui en mi coche, en el asiento de acompañantes llevaba todo lo que le había regalado; un libro, un dibujo y un reloj. Estaba tan triste que quise cerrar los ojos y chocar, contra cualquier cosa, pero desaparecer.
  Un gato. En una de las bocacalles a mi derecha: me miraba. Pero su mirada siguió fija en el mismo lugar cuando pasé el cruce. Estaba en el medio del asfalto, desierto por la hora de la noche que era. No pude evitar observar su blancura, sus ojos atentos en un lugar más allá de lo visible; de su posición majestuosa, de su serenidad, a pesar del dolor que me oprimía. Y por un momento olvidé todo.
  La ventanilla baja me hizo recordar que olvidé mi campera de abrigo en su casa; di la vuelta y retomé por la calle lateral para volver a la casa de la que había partido.
  Toqué timbre y ahí estaba ella; con los ojos vidriosos y rojos, pero secos. Me preguntó que quería, y le dije que me había olvidado mi campera. Cerró la puerta para reaparecer en unos instantes con mi abrigo, que me dio cargado de violento sufrimiento. No me lo puse; volví a subir al coche y rehice el camino que había hecho al irme. Pasé por las mismas calles, que me hicieron recordar dolores de hace unos instantes, pero que creí antiguos y que no los iba a tener que revivir jamás.
  Volví a pasar por la bocacalle donde había visto al gato, y lo encontré sin haberse movido ni un milimetro, al menos a mi pobre vista de miope.
  Seguí de largo; un gato no detiene la marcha de nadie. Aunque seguí pensando si ese gato se movería alguna vez de su lugar, o estaría esperando -tal vez conscientemente- la violenta intervención de un auto, el que lo saque de la soledad de su noche.

martes, 10 de julio de 2012

Algo

  El niño juega. Corre haciendo círculos en su pieza, con bloques y autitos de carrera; juega.
  Algo esta a los pies la cama, lo vigila con la vista, cuida que su cabeza no se encuentre con los bordes filosos de los juguetes. Algo, que tiene demasiada calma y que su vigilancia es su forma de vida.
  El niño no puede verlo, ni siquiera lo percibe; el niño juega solo. Imagina que los autos tienen alas de avión y los guía en sus minúsculos vuelos.
  Algo está inerte, con la mirada fija, pero sin estar desatento. Está desnudo y no tiene sexo. No puede dormir porque su única naturaleza es velar por un ser. Es casi humano.
  En uno de los vuelos, el niño-guía se enrieda con sus propios pies y comienza a caer. Algo se levanta rápidamente para atajarlo pero se tropieza con un bloque en el suelo. Cae.
  El niño se golpea violentamente el cuello contra el borde de una ventana. La cabeza se desprende, y cae por oscuras escaleras, con apenas luz de una antorcha. En el claro de un bosque, la cabeza deja de rodar y los ojos fijos del niño miran la luna que no lo quiere ver.
  El niño sonríe y recita:
-¿Viste Algo? 
Al final tu existencia pudo reducirse
a nada más que transpiración y aliento.
Mis cuellos te saludan. Suerte.
  Un dios se acerca al claro y patea la cabeza que va a parar a la laguna. Se hunde y se adueña del agua:
-Estas son mis lágrimas.
  Algo ríe a carcajadas.

domingo, 17 de junio de 2012

Escena normal de un día Domingo

Un hombre sentado espera. Paredes grises repletas de libros de contaduría, archivadores y bibliotecas.
 A acomoda papeles en un fichero delicadamente demorando demasiado. En una de las esquinas de la sala, O revisa libros en una estantería y los compara, parece muy indeciso y poco concentrado; murmura insultos para sus adentros. Bajo una mesa contra la pared, M busca confundido, un  papel olvidado entre pilas de carpetas.
  Casi en un esfuerzo parecería que la demora es eterna. Una mujer sentada en su escritorio, en el cetro de la oficina, tipea lentamente una hoja escrita a mano.
   El hombre, incómodo, se levanta y se acerca hasta el escritorio.
  -Dígame una cosa, ¿Usted se acuesta con alguno de estos tipos?
  La mujer retira la vista del papel que tiene en la mano, mira fijamente al hombre y responde:
  -Con todos.

martes, 22 de mayo de 2012

Desnudos

  El esqueleto de un paraguas se anuda en la ventisca y rebota contra los adoquines lustrosos de humedad. Pies en movimiento; entumecidos e insensibles al bajorrelieve. Manos que acarician el poliéster, temblorosas.
  Al subir a la vereda, ojos ven gotas aisladas por brillante grasa de motor. Suelo resbaloso y en pendiente.
  Cientos de pequeñas hojas dan una idea de la forma que puede tener el viento. Nubes altas, transformadas en la tapa de una caja de cemento.
  Una fina llovizna es molesta a la piel. Continua. En algún lado, cerca, llueve más intensamente. Se escucha el sonido de las gotas al golpear contra las copas de los árboles, al destruirse contra unas chapas de zinc a punto de soltarse. También el ruido del viento, al llegar al fin de una calle cortada y estrellarse contra el frente de una casa. Ventanas que se abren, se cierran, se abren... Un estruendo y un chasquido metálico las cierra para siempre.
  La suela de unos borcegos aúllan contra granuladas baldosas; los cordones barrosos y deshechos de ser pisados.
  Volantes de un evento pasado se confunden entre las hojas en el aire; uno viaja hasta la salida de un desagüe, donde acaba su planeo. Se deshace.
   Una bolsa arrastrada por la corriente, se prende a una rodilla. Resiste encallada.
   Una mano la aparta y continúa su vuelo...

martes, 20 de marzo de 2012

Sé que no es eso

  Todos desaparecieron, como si en medio de sus acciones hubiesen decidido echarse a volar lejos y hacerse invisibles.
  Sin embargo un hombre sigue aquí, en el mundo desierto, en su cocina, mirando los platos sin lavar en la mesada.
  Siente ganas de orinar. Se levanta del banco donde está sentado y se dirige al baño; toca a la puerta y entra.

Es más que éso

  Llovía. Llovía incansablemente. Las plantas se desprendían del suelo blando e iban a para a la avenida. La tierra estaba totalmente disuelta.
  El jardín era un mar de barro; su fondo de cemento no deja filtrar el agua que cae incesante del cielo. Pensar que en tiempo pasados no había ningún problema: el agua era absorbida por toda la masa terrestre.
  Pero ahora estas malditas capas de material que fueron cubriendo una a una las civilizaciones no permitían tal comodidad.

viernes, 2 de marzo de 2012

Nocturno.

  Me cuesta contemplar lo que está a mi alrededor. La repentina noche que cae sobre mí me deja cegado por unos instantes. El suelo está duro y helado, y el frío me hace doler los ojos.
  Puedo respirar; sí, me quiero concentrar sólo en eso.

  Tan blanca, pura, unas piernas largas y suaves. Un rostro que observa escondido, eso es ella. Su pasión, su falta de vergüenza, sus caprichos, un brillo de insensatez. No sé que es lo que me enloquece, pero pierdo la cordura. Unos ojos grandes...

"¡No...!" Pienso, y me golpeo una pierna con el puño cerrado, "no vale la pena". El recuerdo me hace doler el estómago. Me abrazo el torso y me acomodo en el cordón de la vereda. Un vapor blanco se deja entrever por la luz de la luna. La miro, miro mi aliento ascender y luego desaparecer en el aire.

   Intentando parecer distraído, acurrucado como un niño por dentro.
   Su sonrisa tan cerca mío, esperando mi reacción, y sus ojos blandos incitándome a perder el control. No puedo evitar besarla y dejar que nada exista, tan solo un par de labios en el cosmos.

  Me golpeo la cabeza con las dos manos; "No, no, no, no... Esto está mal, para que recordarla..."
  Y sí, para qué recordar, si la simple acción desencadena una y mil veces ese momento en mi cabeza, un momento que querría volver a intentar, anularlo, pero solo puedo pretender olvidarlo. "Imposible".

  Estoy sentado, ella de pie cerca mío. La imagen está congelada en mi mente; le pregunté si ella me quería como yo a ella. Ella va a decir que no. Como en un cuadro, donde se anticipa el hecho inminente, hay pena en su mirada, lástima por lo que tendrá que decir.
  Sus ojos me lo dicen, no necesito escucharla hablar, pero aún así, la dejo:
-No quiero estar con nadie en este momento.
  Cada vez es tan real...

  Sentado a la vereda de su puerta, solo puedo pensar en lo inocente que fui en creerme en una historia de Hollywood, que pudrió mi cerebro y me volvió un demente; un demente que no ve y juega su ultima mano de póker con los ojos cerrados.
-¿Sebas?
  Parada en la puerta, la luz de la entrada la ilumina, y es un hada. Me volteo y le sonrío.
-¿Qué haces todavía ahí? Perdoname, no se qué me pasó. Entrá.

  Quizás no es tan malo soñar de vez en cuando, quizás mi triste destino me haga un regalo. Sí, quizás estaba confundida, y ahora es mía, mi primer amor. El primer designio que me volvió humano, e hizo que el ser hombre sea una bendición, poder amar a una mujer más que al sol, me acerco a la puerta y ella me muestra una de sus sonrisas radiantes.
  Un escalofrío recorre mi cuerpo.

  Estaba sólo en alguna esquina de mi barrio.




jueves, 1 de marzo de 2012

El primer hombre

Y vi todas sus caras asombradas. Yo los miraba a ellos; con el cuello muy doblado me devolvían la mirada con unas bocas muy abiertas.
 Era el primer hombre en volar