viernes, 7 de enero de 2011

Nunca.

  El sonido de una alarma lo despierta. De un sueño que parecía querer aferrarse de sus parpados que se contraían, gesto de irritación por el timbre agudo.
  Apaga la alarma y se incorpora en la cama. La mañana de los sábados le gustaría vivirla como las demás personas, que trabajan solo cinco días a la semana. Sábanas sobre el suelo y la funda que se había separado del colchón, otro gesto de la cruel vigilia de la noche anterior.
  Da unos pasos y recoge su ropa: se lava, se cambia y sale del departamento cerrando con llave detrás de sí.
  Baja por las escaleras, vive en un segundo piso pero nunca le agradaron los ascensores.
  Ya en el primer piso, cuando iba a bajar por las escaleras, se encontró con una niña jugando en el primer escalón.
- ¿Cuánto tiempo más vas a estar, niña, perdiendo antes de ayudar a tu madre?- Le dijo en tono burlón . Adoraba hacerle esa broma, porque sabía que le hacía enojar.
  El muchacho la mira con seriedad burlona, parándose de pies juntos y con los puños en sus caderas.
-No me molestes Lewis, no me llamo niña. Ya te dije, mi nombre es Allison. A-L-L-I-S-O-N.- La niña se veía enojada, pero a ella también le gustaba ese juego de la pelea.- Mamá está durmiendo todavía y estaba aburrida ¿Venís mas tarde?- La voz de Allison había pasado de enojo a plegaria.
  - Por supuesto, como todas las tardes.
  Lewis sigue camino dando saltitos en los escalones bajando de a dos peldaños.
  En el porche del edificio se encuentra con el anciano señor Luca. Como era típico a esa hora en la mañana y en todas las horas, el señor Luca barría la entrada del edificio de las hojas que caían continuamente de los arboles de la manzana, costumbre que desquiciaba al muchacho.
-Buenos días mi fiel portero.- Le dijo el recién llegado con alegría.
-Buenos días Lewis. Cuando vuelvas de la fábrica podés  pasar a buscar tu ropa. Tu mamá la dejo aquí hoy a las nueve.- El señor Luca muy pocas veces mostraba expresivo su rostro. Y esta vez no era excepción.
-Pasaré cuando vuelva, adiós.
                                                                            *   *   *
  Una alarma feroz lo despierta a las diez de la mañana del domingo. Agradecido por su fin de semana, apaga la alarma, estira sus brazos bajo su almohada y apoya suavemente su cabeza. Pero no puede volver a dormirse, la costumbre me está matando, se dice.
   Los domingos tenia la costumbre de tomar desayuno en un café que frecuentaba varias veces a la semana. “Ése en el que toca blues un pelado, blues de Monk”. Nunca iba a recordar el nombre del bar. Algo italiano era, piensa.
  Abre la puerta de su apartamento y, como siempre que volvía en poco tiempo, la dejo cerrada pero sin echar llave.
  Baja por las escaleras hasta la planta baja. Cuando esta bajando el último escalón, una niña le grita desde el primer piso:
-Lewis, Lewis, por primera vez haré algo bien para mamá.- La niña estaba muy excitada y alegre.
-¿Qué harás de importante?
-Voy a hacer los mandados por ella.-El tono de la respuesta que dio Allison fue como la de un niño que encuentra un tesoro.
-¡Muy bien! Al fin ayudás a tu mamá.-La felicidad de la niña lo contagiaba.- Voy a desayunar y después me contás como te fue ¿Está bien?
-¡Sí!
  Allison corrió hasta su departamento y cerró dando un portazo de ala emoción.
  Con una sonrisa, Lewis sale del edificio y encuentra al portero barriendo las hojas de la entrada.
-Buenos días señor Luca.
-Buenos días.
  El señor Luca no se molesta en voltearse, pero eso no tura la felicidad del inquilino.
  Mientras se dirige hacia el café que está a media cuadra de la calle que sigue, voltea varias veces para ver el portero.  Siempre le pareció raro que barriera a todas horas. Sin importar el clima, Luca barría las hojas que terminaban en un pilón. Pero a los pocos minutos caían más; la manzana estaba llena de arboles frondosos. Y un anciano portero no iba a impedir que éstas se posen sobre la entrada de un edificio en otoño.
  Era algo que le costaba comprender, la testarudez de querer despejar de la hojarasca una y otra vez a todas horas era algo que, si bien le molestaba, al señor Luca no parecía importarle.
  Cuando llega a la esquina, dobla hacia la derecha y sigue caminando. Por aquella zona no se veían muchas personas a las 10.30 de la mañana.
  Llegó al café y se sentó en una mesa que estaba contra una ventana. Un mozo aburrido por la falta de cliente, se acerca amigable a entregarle una carta con las bebidas disponibles en ese horario.
-Un jugo de naranja y tostados por favor.
  Los mejores de Sudamérica, piensa. El mozo asiente con la cabeza y se aleja.
  Mientras espera el desayuno, se entretiene abriendo un sobre de azúcar y pasándole el dedo húmedo para chuparlo.
  Mientras saboreaba el azúcar, se dedica a mirar por la ventana como un acto reflejo. Autos estacionados sin nadie dentro. Una señora que se dirige con su bolsa a hacer las compras y una pareja que aprovecha la soledad de las calles para abrazarse.
-Su desayuno señor.
  Lewis vuelve la vista y se sonroja al ver al mozo con la bandeja que lo observa mientras él se saca el dedo de la boca que se había estado chupando y le da espacio para colocar el desayuno.    
-Perdón.
-No es nada.- El mozo sonríe y se va.
  Ataca directamente a los tostados que humean en el plato. El hambre pudo más que la inteligencia, piensa mientras trata de sacarse con el dedo índice un pedazo d queso que hervía en su paladar. Rápidamente toma la pajita del jugo de naranja.
  Agarra una servilleta y se limpia las manos. Vuelve a intentar comer el tostado, per o soplando antes de masticarlo.
  Cuando termina el desayuno, pide la cuenta y paga. Se levanta de su mesa y camina hacia las puertas de vidrio. Saluda, pero sin recibir respuesta, eso siempre lo turbaba.
  Deshace el camino que hizo a la mañana, pero al doblar la esquina se encuentra con un panorama extraño. Dos patrulleros y una ambulancia se encontraban frente a su departamento.
  Curioso, cruza la vereda y se acerca hacia la entrada donde estaban el señor Luca con una escoba en la mano y la madre de Allison de rodillas en el suelo tapándose la cara. Luca tiene una expresión triste, pero la mujer lloraba desconsoladamente. Preocupado, Lewis camina más rápidamente y dirigiéndose hacia Luca, dudando de que la madre pueda responder, pregunta:
-¿Qué ocurrió?
  Incomodo y sin ánimos de responder, el portero dijo;
-Acaban de atropellar a la hija de Michelle.
 Desesperado, Lewis increpa a la mujer:
-¿Allison?¿Cómo fue?¿Está bien?- El pánico le estaba ahogando el corazón.
-Allí fue a comprar por primera vez, cuando un asesino la atropelló y ella… murió.
   Lewis se incorpora y se dirige a su habitación. Sin recordar como llegó allí, frente a la puerta de su dormitorio abre la puerta  y sin molestarse en cerrarla se tira sobre la cama. El saber que había muerto haciendo las compras, ayudando a su madre como él le había recomendado, le daba un poderoso cargo de conciencia.

  Se despierta bruscamente con el sonido de una bocina. El recordar el por qué  se había quedado dormido le llena los ojos de lágrimas.
  Va al baño  y se lava la cara, se limpia las lagañas y se seca con una toalla. Vuelve al dormitorio y levanta las persianas. El viento otoñal lo refresca y le devuelve algo del color a su cara.
  El edificio va a estar muy silencioso desde ahora, piensa con melancolía. Algunas cosas no deberían cambiar nunca.
  Desde la ventana, podía ver al señor Luca en la entrada del edificio barriendo las hojas, lo que por primera vez lo hizo feliz. 


Agradecimientos por la corrección ortografica de un payaso.

lunes, 3 de enero de 2011

No habrá una invasión de moscas de fuego.

La luz se escapa de mis ojos,
pero el tormento me da ánimos.
Intento lamer las paredes
de un cráneo que ya está reseco.

Un cuerpo que desea la luz,
portador de un alma cubierta de polvo,
no habrá invasión de moscas de fuego esta noche,
que pueblen las inanimadas ciudades
y que quemen mis tristes ojos,
pero debo antes, terminar.

Ya no veo lo que escribo,
pero ¿Acaso tendré otra oportunidad?
desde hoy no habrá mas luces,
los soles nocturnos terminaron de destruirse entre sí.

Mis ojos quieren fundirse,
y en este mismo instante,
son arrastrados hacia la no luz, hacia la no oscuridad.

jueves, 23 de diciembre de 2010

Paranoid Android

-Es ahí donde diferimos, la caja de luces es un portal de ilusiones para mí, para vos ha de ser la forma en que te quedes ciego; de todos los colores elegiste el negro y el blanco, que ni siquiera lo son.
-La caja de luces es una adicción que da brincos en el tiempo; uno nunca sabe dónde te deja, pero uno empieza por el orgasmo y termina saliendo totalmente excitado.
-Es la razón, pero nuestros significados de vida difieren: no vaya a ser que tires los dados, saques siete y el brinco de justo en la muerte.

domingo, 19 de diciembre de 2010

Trovato

Falsa religión
impune a dioses caprichosos.
Detrás de mi sonrisa,
están mis dientes
Unión patibular
Besos de escoria
Mientras la savia
brota de tu espalda
Observando la tempestad
Hace tiempo que incinere tus ojos
Luz blanca de auspicio
Ausencia de oscuridad
Te ausentas de la credulidad,
pero es tarde para desconfiar
Salinas de carne tuya
preservan mi traición eterna.


miércoles, 1 de diciembre de 2010

Franco

  Me encuentro en un estado de trance producido por el silencio. Silencio, ¿Quién podría haberlo imaginado siquiera en tal lugar? Todo se mantiene en un profundo letargo, el edificio casi parece dormir. Entrecierro los ojos intentando recordar algo, no puedo ordenar mis ideas, el clima me adormece.
   Las cortinas tapan el sol abrasador de la tarde, mientras la humedad va fundiendo la piel en agua, causando el típico calor de terma. Es inaguantable,  gotas frías de sudor recorren mi costado y ya empiezan a asomar manchas debajo de mis axilas. Como el estallido de un despertador en nuestras cabezas, un ring nos despabila del entresueño general.
  Fuera, los cuerpos parecían arrastrarse en un mar de cansancio y agua. Me dirigí lentamente a la salida.
    “No se pudo hacer nada Facundito, sabés que quisimos hacer todo por la abuela, pero ya estaba muy enferma la pobre,  quién sabe desde cuando se empezó a sentir mal, viste que ella nunca dice nada… Pero ya vas a ver que todo va a estar mejor, no te preocupes. Tenés que pensar que ahora la abuela va a estar en un mejor lugar, y todos vamos a estar mas tranquilos.”
  Saludo sin pensarlo a la portera, la rutina me simplificaba ciertas cuestiones. Lentamente levanto la cabeza al cielo. “Hoy a la noche, llueve” Y Franco que no se guardaba nada, aún cuando sabía que nadie lo quería escuchar y que por qué sos así y que se yo y andá a cagar.
  Busco refugio de la calle junto a un grupo que se dirigía en el mismo sentido al que debía ir, con el que, por suerte, no guardo relación. Camino detrás de ellos pensativamente, pensando cada paso que doy, si esta dado en la dirección correcta.
  “No se pudo hacer nada Facundito, sabés que tu papá nunca te quiso, que la única que te quiere es tu mamá. Ese hombre no se merece a un hijo como vos, no lo necesitabas. Y se fue…  Pero mirá, che, ahora ya no vas a recibir más golpes ni nada. Vas a estar mas tranqui, vas a ver que todo va a estar mejor, no te preocupes.”
   Miro a ambos lados de la calle a pesar de que solo se puede circular en un sentido. Meto las manos en los bolsillos pero el tactar algo pegajoso me hizo retirar la mano. Tres caramelos derretidos por el sol se fundieron en mi bolsillo, insulto e intento limpiarme el caramelo que me había quedado en una mano con la otra. Lo único que consigo es ensuciarme las dos. Me arrepentí del momento en que acepte esos tres caramelos como cambio, y el momento en que me los metí en el bolsillo, y lo olvide allí, y  el pantalón que tengo que usar una semana completa.
  Una tenue brisa enfría el cuerpo que, casi al instante, vuelve a sumirse en el calor de Diciembre. Paso frente a un negocio y miro por mirar, me pregunto cuantos años tendrán esos juguetes de plástico a la venta, que ya no se deben fabricar.
  Faltan dos cuadras para llegar a la parada del colectivo. Esa parada que esta allí desde antes que el mundo,  y su gente que se apoya, que lo afloja, que lo mea. La parada rutinaria que tiene el sabor de la propia casa.
  “No se pudo hacer nada facundito, sabés que intentamos salvarla, pero los incompetentes del hospital, que tardaron en llegar, y tu hermanita que se desangraba, que gritaba como los mil demonios, que aullaba pidiendo que le devuelvan el brazo, que era de ella. Pero que con lo tarde que llegó la ambulancia perdió mucha sangre y las transfusiones fueron inútiles. Pero vas a ver que te vas a poner mejor,  ahora ella ya no va a llorar más por el brazo, va a ser un angelito manco que te va a mirar desde el cielo…”
   Sigo mi camino recordando hacia dónde me dirijo. Comienza a tronar, el cielo descarga algunas gotas a tierra, pero no se transforma en llovizna. El clima se pone más frio, pero la humedad caliente revive el calor del sol. La parada estaba allí delante, como siempre, y un colectivo que se jactaba de haber pasado segundos antes de que llegara a la parada.
  Para matar el tiempo miro al cielo. Descubro los matices grises de las nubes y me pregunto qué es un color. Descubro formas y escucho el ruido del viento que corre furioso sobre las copas de los árboles, corriendo hacia algún punto del planeta. Una figura amarilla se recorta al final de la calle, es otro colectivo. Levanto la mano, pero no se detiene, está fuera de línea. Me río de mi mala suerte, aunque el colectivo no se detenga, el reloj sigue girando sobre su eje.
  La cantidad de gotas de lluvia comienza a aumentar y busco refugio bajo el techo de un kiosco. Me siento en el suelo cruzado de piernas y miro la calle.
  Contemplo las gotas de lluvia como si fuese la primera vez, la vista se me desenfoca, pero claramente puedo ver las gotas de lluvia estrellarse contra el pavimento, estrellarse en una caída de kilómetros, para morir y dar a luz a miles de gotas que terminan uniéndose entre si en la vereda. Comienza a arreciar y yo como eclipsado, miro las gotas de lluvia, que no caen al azar, sino que caen creando formas indescriptibles, formando surcos y danzando en el viento, como el ruido de una tele sin señal, casi parece que hago que las nubes se descarguen, que corran a más velocidad, que la masacre se de pronto, que todo se precipite de una vez, pero que nada acabe.
  Y ya no importan ni el colectivo, ni la abuela, ni que papá se fuera, ni mi hermana, ni los caramelos en el bolsillo, ni la humedad, ni el calor, ni el plástico viejo, y no se pudo hacer nada Facundito, sabes que no pudimos hacer nada, y dejá de mirar la calle, prestame atención que te estoy hablando.
  Las gotas seguían danzando y la fuerza con la que se mutilaban contra el pavimento para destruirlo y el pavimento que no cedía, y cada vez la lluvia mas furiosa, que me salpica las zapatillas y el coro de la tormenta como un murmullo en mi cabeza, adormeciéndome, con un mensaje que no podía descifrar, pero que debía hacerlo, frases que albergaban la sabiduría del cielo y los mares, halladas en un murmullo.
  Y ya no me preocupo del pantalón, de que sea lunes, de que me aborrezcan, de que mi papá me golpeara, golpeá, golpeá que no duele y Facundito, que no escucha a la madre que lo reta, dejá de mirar a la calle ¿Querés? Que no sacas nada mirando, que te ensuciás, que te mojás.
  Pero ya nada importa, porque descubro la lluvia por vez primera, y ya nada importa, sólo quiero ver llover. La lluvia parece no ceder, va a llover toda la noche.

martes, 30 de noviembre de 2010

Kevin McAlea

99 sueños he tenido,
y en cada uno un globo rojo.
Todo ha acabado y casi sigo en pie
entre este polvo que fue una ciudad.
Si pudiera encontrar un recuerdo,
sólo para probar que el mundo estuvo aquí,
y aquí hay un globo rojo...
Pienso en tí, y lo dejo ir.

miércoles, 17 de noviembre de 2010

Viento Sur

La vereda forjada hace tanto tiempo,
conserva su calor de hierro endurecido.
La carretera que algún día se construyó,
esa misma, la que no se usara jamás.

Vos, el ultimo habitante de ese pueblo,
al que perteneciste y fue olvidado,
junto con la carretera,
en la que ahora reposas recordando...

Flecha azul de madera,
fuego que quema,
llama dura,
sangre seca.

Dejaste el pueblo que nunca fue visto,
caminás por la ruta,
te agota la distancia,
es tanto lo que buscas...

Sos una grieta en el camino,
andas sabiendo que para vos no tiene fin.
No verás a nadie en la vera,
solo hasta morir.

A lo lejos se vislumbran cabellos,
debe ser el ángel, ha vuelto.
Sus manos saludan tu cuerpo dormido,
sobre el asfalto candente que anuncian el frío.

Tus ojos se cierran de paz,
soy yo el que me acerco,
de negro vengo a tu tumba.
Ya no imploras, buscas el Sueño.

Tu aliento ya es viento,
vuelve a la profundidad de la selva.
El cielo riega la tierra,
ahora que vos formás parte de ella...

sábado, 13 de noviembre de 2010

La ultima visita al hospital.

  Estoy en la misma sala de espera, como ayer, como el mes pasado, cono el año pasado... Su estado mental es muy vulnerable. Día a día espero el momento en que salga por la puerta y volvamos a nuestro hogar.
  Un médico se me acerca y me dice que allí dentro quieren hablar conmigo.
  Mi mente esta totalmente saturada. La carga económica y la tensión de saber que su vida pende de un hilo, hace tiempo que no me ha dejado dormir.
  Paso frente a un espejo, las ojeras se me marcan profundamente y en mi frente arrugada se vislumbra cansancio. Mis ojos, inyectados, están cansados de llorar.
  Giro el picaporte y entro a la sala donde me la encuentro postrada en una camilla. La imagen me lastima el alma: ojos vacíos que miran a la nada, intravenosa en su brazo derecho y un respirador artificial. Su piel, amarillenta, parece irse pudriendo. Un hilillo de baba se le escapa de la comisura de sus labios, que han perdido todo su color.
  Me aproximo y pienso que no me escucha, pero cuando llego a su lado me habla con una voz ronca:
- ¿Te quedaste a dormir en la sala de espera?
- Si.- Le respondí, incómodo.
- Mi...- Toce y tarda unos segundos en recuperarse.- Mi enfermedad no avanza, pero tampoco retrocede.
 Las palabras me produjeron una puntada en el pecho. De repente, se puso seria.
- Escuchame.- Parecía haber recuperado algo de las energías.- Tenes que dejarme, tenes que retomar tu vida.
- ¿Cómo? No podría abandonarte aquí.- Estaba inseguro.
- No es cuestión de lo que quieras.- Se tomo su tiempo para recuperar el aire. Estaba agitada.- No podes seguir pasando tus días en esa sala de espera. Mi vida de mierda está contaminando la tuya. Por favor, dejame, no vale la pena.- Mi corazón parecía detenido.- Sabemos que nunca voy a salir de este lugar, que me voy a morir viendo estas paredes blancas.
  "Pensé desde hace mucho en esto, Funes.- El escuchar mi nombre me produjo escalofríos.- Estoy rota, solo quiero morir en paz. Y no puedo soportar verte así, si volvés al hospital, no voy a dejarte entrar. No te quiero ver nunca más.
  Con los ojos llenos de lagrimas me di vuelta y salí de la habitación sin despedirme. Sus palabras fueron como puñaladas en mi pecho, pero una parte de mí comenzaba a aliviarse. Mientras voy por el pasillos, escucho un alarido de dolor que proviene de la habitación. Dos enfermeros entran rápidamente y yo sin poder soportarlo hecho a correr...
   Fuera las nubes cubren el cielo en su plenitud. Presiento que para siempre voy a tener que soportar, estas inmensas ganas de querer morirse, de no poder parar de llorar.

lunes, 8 de noviembre de 2010

Nosotros, los suicidas.

          Los que poseemos el vértigo,
    no tememos hundirnos en una acelerada muerte,
                                                                                                              la vista del infinito,
                        nos da el miedo de caer,
                                     ante la seducción del suicidio.


Los vectores no tienen márgenes.
    Los edificios como piernas de mujer.
            El pecho embriagado del placer
que solo da ese impulso al vacío.


La pérdida de la profundidad,
                                        en un oscuro mar de dos dimensiones,
                                                                                               que te arrastra a lo mas bajo.


La vida es tan efímera,
                                                                          que solo pensarlo,
             podría arrebatar mi ultimo instante…


viernes, 5 de noviembre de 2010

Noviembre

Furia de Noviembre,
odio demasiado débil,
esperanzas, pero estoy cansado del viaje...

Las calles de petróleo
y la luz de enero.
Me arrastro en el suelo,
y siento los pasos que me siguen
con sonido a destrucción.

Ráfaga de viento blanco.
Una descomposición de segundos.
Lluvias de magma volcánico.
Cohesión que incomoda la mente.

Todos los noviembres son iguales,
milibares que alcanzan grados imposibles,
él también debe estar cansado,
él también nos debe odiar...