domingo, 29 de agosto de 2010
Sólo una terraza en el mundo.
viernes, 13 de agosto de 2010
jueves, 29 de julio de 2010
Él viajo en dos asientos de un mismo coche
Una pierna sobre el suelo del coche y la otra sostenida por la rodilla contra el asiento delantero. El hombre dormitaba en espera de la siguiente canción. Nevermind; se acabó el sueño. Se incorporó en el asiento y apoyó la frente sobre la ventanilla formando marcas de aliento sobre el helado vidrio, que desaparecían para dejar lugar a una nueva marca. Las manos unidas en un intento de atrapar el poco calor sobre el frío reinante dentro del auto.
Allí fuera, vacas silenciosas observaban la ruta mientras pastaban, y ella le devolvía la mirada ciega de la humanidad. Árboles secos añoraban calores que tardarían en venir y una continua valla que nunca moría.
El cielo nublado ya no soportaba su inmensa blancura y rompió a llover. Las gotas estallaban sobre la ventana del coche, y sus cuerpos caían lentamente perdiéndose en la ruta.
En tan solo segundos, el paisaje dejó de ser lo que era y se transformó; la lluvia cambió el agua por ácido. Que aunque al coche parecía no dañarlo, el pavimento de la ruta comenzó a deshacerse y a huir hacia las profundidades.
De pronto el automóvil se encontraba sobre un camino de estéril tierra. Las vacas comenzaron a mugir frenéticamente, se impulsaron con sus patas delanteras y se irguieron sostenidas por las traseras. La eternidad del momento fue rota por las patas de las vacas que se vencieron y quebraron produciendo que la sangre de sus cuerpos fluyera regando el pasto verde, que se iba tiñendo de rojo y perdía el verde para ser un amarillo opaco. Todo era amarillo y rojo. Hasta el cielo fue teñido por la sangre que no dejaba de salir, en una hemorragia incesante.
Los árboles temblaban, como si los recorrieran espasmos de vida. Poco a poco, comenzaron a caer como cortados por un hacha invisible.
Asustado pero seguro en su fortaleza de metal, el hombre quitó su mirada del vidrio y la dirigió al conductor:
- Mire allí fuera. Esta muriendo todo.
El conductor se volvió para mirarlo, sus ojos estaban hinchados y no paraban de correrle lagrimas de los ojos, de su rostro se escapaba un brillo de locura. Su voz era neutra y tenía un tono andrógino:
- Llegará el tiempo en que la lluvia lave la sangre de la tierra y ahogue a las vacas ansiosas de morir.
- ¿Volverán los árboles a crecer?
El conductor sonrió en una expresión enferma que se borro con una mueca de dolor.
Una pequeña risa deformó su rostro, en una voz seria lo alertó:
- No deberías tomarte descansos si conduces.
Sin darse vuelta y sin perder su expresión, bruscamente hizo sonar la bocina sobre el volante.
El hombre comienza a nadar en un mar de aire y cristales, para estrellarse contra el pavimento.
jueves, 15 de julio de 2010
Viento Sur
martes, 22 de junio de 2010
LA situación de tu cabeza
tu dulce cara me muestra nostalgia.
Debe ser porque tenes que aparentar,
para que te coloquen donde no tenes que estar.
Tus manos opacadas por diamantes,
te hacen sonreir.
Ellos te hacen sentir,
que los amantes se acercaran mas pronto a ti.
Ya no te veo, hoy,
los cristales modernos te desfiguran,
pero la imagen no te crea.
Sos la triste cara del futuro,
un cactus seco y sin frutos.
Y vos solo pensás,
en un vestido para comprar.
Las imagenes tomaron la casa,
no queda lugar para la verdadera vida,
este planeta rechaza la verdad,
abraza la mentira.
viernes, 11 de junio de 2010
El chico extraño
sábado, 5 de junio de 2010
Buscada para amar...
jueves, 3 de junio de 2010
Sueño de una lágrima
martes, 1 de junio de 2010
Mamá
sábado, 29 de mayo de 2010
Paranoia numerada (parte final)
Comienzan a hablar del trabajo de María; tenía un trabajo estable y cómodo en una escuela cerca de su casa. Era profesora de literatura en la secundaria.
Pero ella pensaba en otra cosa, ¿Cómo podría María considerarse digna de vivir en esa casa? ¿Cómo se podría considerar digna de vivir en una casa con esa numeración?
Afirma el cuchillo entre los dedos, y lanza una puñalada hacia el costado de María que se encontraba frente a dos tazas de té. Se da cuenta y atina a esquivar, pero la otra ya había alcanzado su costado. María grita estrepitosamente y cae sentada en el suelo y apoyada contra la mesada, con los ojos desorbitados de terror y sorpresa.
Vuelve a darle otra puñalada, otra más y otra... A cada cuchillada, la sangre brota con más lentitud de las heridas de la chica, que no emite ya sonido y se encuentra tirada en el suelo, comenzando a manchar las baldosas con su sangre.
Dejando el cuchillo clavado sobre la espalda de María, ya inerte, abre su cartera y se dedica a leer su libro de Goethe, manchándolo con las manos ensangrentadas.
Ruido de sirenas, alguien toca el timbre. Ella se para a abrir. Introduce la llave, gira y abre. Entran dos policías, uno de ellos le pregunta:
- ¿Qué ha ocurrido?
- Acabo de asesinar a una traidora a la que consideraba mi amiga.
El policía se detiene un segundo a entender la respuesta, que María aprovecha para pegare con la mano cerrada en el estómago. El policía se dobla en dos, y entre jadeos la insulta. El otro, algo más rápido, la agarra de las manos.
Con dientes y manos, trata de zafarse del policía, y el otro ya recuperado y con ira, le pega con el bastón en la nuca.
Se encontraba en una habitación blanca y vacía, no había nada más que el libro de Goethe en un rincón. Se levanta y se acerca a la puerta, justo en ese momento, ingresa un hombre de blanco, con una corta barba ¿Sería el cielo? ¿O un sueño?
Luego de contemplarla un segundo, le pregunta:
-¿Cómo te encuentras?
-¿Dónde estoy?
-Eso no importa ahora, decime ¿Cómo estas?
- Bien, bien. ¿Hace cuanto estoy acá?
-Hace exactamente 17 horas-
- Como los dos primeros números de mi número…
- ¿Qué es eso de tu numero?
- El 1749 representa todo en mi misma, es mi forma de ser, de pensar, de sentir... Soy 1749, pienso como 1749 y siento como 1749. El número me habla, me da el sentido de mi vida. Porque solo yo soy digna de poseer ese número, es por eso que tuve que matar a mi amiga, ella creía que podía poseer ese número y tuve que colocarla en su lugar.
-Ya veo…-Dice el hombre mientras destapa una lapicera y mira una hoja de papel.
Entonces, en una letra temblorosa, pero clara, escribe: paranoia numerada.
